" El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso, sin desesperarse."

jueves, 13 de enero de 2011

El malestar de la sociedad de riesgo.

Anotaciones a “en defensa de la intolerancia”, de Slavoj Zizek

Es Marina el que a menudo suele repetir la tesis de que la educación es un proceso que compete a la sociedad en su conjunto, a la que de modo gráfico y no sé si del todo afortunado designa como “tribu”. Hay en ello una cierta reivindicación nostálgica de un modelo de sociedad antropológicamente en vías de extinción en el que la autoridad del adulto, la figura venerable del anciano, el modelo tradicional de familia y comunidad aún conservaban algo de su antiguo significado. Creo no obstante que en esta visión de las cosas hay un equívoco de fondo que se desvía de la verdad o que sencillamente es falso. Contrariamente a la tesis de Marina, hoy más que nunca es la sociedad y toda su maquinaria administrativa, institucional, jurídica, educativa y asistencial (eminentemente psicológica), la que ha pasado a asumir tareas de tutelaje que tradicionalmente eran función de la familia. Hay un claro desplazamiento de la familia a la Administración-Estado (y muy en especial a las instituciones educativas) -ahora principal responsable de una parte fundamental del proceso socializador, de constitución de la identidad- de funciones que antaño pertenecían por principio a la estructura de micropoder familiar. Poner una fecha al inicio de este desplazamiento es algo que corresponde a los sociólogos, si bien creo que fue a partir de los años 60 cuando podemos a ver indicios claros de cambio. A grandes rasgos este cambio (crisis de la familia, crisis social) ha consistido en la paulatina mutación del modelo autoritario al modelo democrático de familia. Lo que este cambio ha supuesto es nada menos que una redefinición profunda del individuo.

Observo en mi entorno el modo como se relacionan los hijos (tanto niños como adolescentes) con sus padres y compruebo en efecto los modos desinhibidos con que fluyen sus relaciones y en los que la “mala educación” es un hecho evidente. Rebobino un poco en mi propia historia y me sorprendo de cómo la escena familiar ha cambiado. Lejos quedan ya esas reuniones familiares en las que la figura paterna brillaba como centro indiscutible y omnipoderoso. No tengo duda de que mi padre era para mí una figura temida, fascinante, oscura y represiva (un verdadero mito que habría que desmontar.). Cuando él hablaba el resto callaba, y si había que guardar silencio porque él así lo deseaba (por ejemplo, si en la televisión aparecía la imagen del Caudillo, el Pater de la Patria; o anunciaban el “parte”-como marcialmente llamaba al “telediario”-; o había que visionar un evento deportivo de especial trascendencia), reinaba un silencio tétrico. Nunca me pegaron, y ni falta que hacía pues tenía muy claro que mi obligación (mi a priori) era obedecer, estudiar (una carrera en la Universidad) y callar. Modelo en definitiva autoritario, dictatorial. Modelo que encaja perfectamente en eso que Freud llamaba novela familiar, el complejo de Edipo-Electra, la neurosis, el asesinato (simbólico se entiende) del padre, etc. La puesta en cuestión de todo este complejo, su debilitamiento, es a mi modo de ver la cuestión de fondo. Y es por ello que creo que el Psicoanálisis, como el Marxismo en otro plano, sigue teniendo plena vigencia, siguen siendo un arma muy potente para entender qué es lo que aquí sucede. Tengo la sospecha de que el descrédito tanto del Psicoanálisis como del Marxismo no obedece tanto a razones “científicas”, a una supuesta superación (que habría que determinar), como a intereses puros, muy puros: estos discursos son molestos y mejor silenciarlos.

No entra en mi mente defender el modelo tradicional de familia, abominable en muchos sentidos, pero sí me parece evidente que la alternativa posmoderna entraña tremendos problemas y se ha traducido en una crisis cuyas consecuencias empezamos a ver ahora con claridad, siendo su solución no obstante oscura – como el reciente artículo de Antonio Gallego Raus, “Sociedad, padres y escuela: salto al vacío”, (y los comentarios al mismo) muestra con lucidez. Cada vez estoy más convencido que la crisis en la educación no es un problema que pueda resolverse sólo desde la educación. Estamos ante un espejismo. No, la educación es una manifestación de un movimiento mucho más amplio que engloba la totalidad, desde la determinación del individuo (su identidad: sexual, moral, espiritual) hasta las formas de la colectividad (economía política, políticas culturales, sociedad multicultural.) Nos enfrentamos a la Máquina más perfecta y más demoníaca que ha producido la mente humana: el Capitalismo en su fase más avanzada vs. Sociedad Posmoderna vs. Globalización. Lo que caracteriza a esta Máquina es su capacidad infinita de fagocitar y cancelar eficazmente toda resistencia, toda diferencia, cualquier atisbo de libertad: una especie de Espíritu de la Historia de signo perverso, Espíritu del Mal, dialéctica siniestra, Demonio de la perversidad (la seducción del abismo.) De ahí, que la crítica a la educación deba revestir la forma de una crítica (política) a la totalidad; deba adoptar una visión de conjunto, si no quiere quedar reducida a un mero espejismo.

Recientemente he descubierto un libro: “En defensa de la intolerancia” de Slavoj Zizek. Creo que sus análisis de la sociedad son muy reveladores y como muestra he transcrito un fragmento del capítulo –que da nombre a este artículo- titulado “El malestar de la sociedad de riesgo.” Pido disculpas por lo extenso del texto, en especial a aquellos que son enemigos de las citas. No es mi caso (¿qué tiene de malo citar, cuando lo que importa es lo que se dice y que esté bien dicho, mejor de lo que uno podría hacer?)

“El análisis que de la familia hace la teoría de la sociedad del riesgo refleja claramente sus limitaciones a la hora de dar cuenta de las consecuencias de la reflexivización. Esta teoría señala acertadamente cómo la relación paterno-filial en la familia tradicional constituía el último reducto de la esclavitud legal en las sociedades occidentales: una parte importante de la sociedad (los menores) no tenía reconocida su responsabilidad y su autonomía y quedaba atrapada en una relación de esclavitud respecto a sus padres, que controlaban sus vidas y eran responsables de sus actos. Con la modernización reflexiva, los hijos son tratados como sujetos responsables con libertad de elección (en los procesos de divorcio, pueden influir en la decisión acerca de la custodia; tienen laposibilidad de emprender un proceso judicial contra sus padres si consideran que sus derechos humanos han sido vulnerados, etc. etc.); en definitiva, la paternidad ya no es una noción natural-sustancial, sino que, en cierto modo, se politiza; se transforma en ámbito de elección reflexiva. ¿No cabe, sin embargo, pensar que la “familización” de lavida pública profesional es la contrapartida a esta reflexivizaci6n de las relaciones familiares, por la cual la familia pierde su naturaleza de entidad inmediata- sustancial y sus miembros su estatuto de sujetos autónomos? Instituciones que nacieron como antídotos a la familia funcionan cada vez más como familias de sustitución, permitiéndonos de un modo u otro prolongar nuestra dependencia, nuestra inmadurez: la escuela, incluso la universidad, asumen cada vez más una función terapéutica, las empresas proporcionan un nuevo hogar familiar, etc. La clásica situación en la que, completado el período educativo y de dependencia, el joven se adentra en el universo adulto de la madurez y de la responsabilidad queda sometida a una doble inversión: por un lado, el niño accede a la condición de individuo responsable y maduro pero, simultáneamente, su infancia queda indefinidamente prolongada, es decir, el niño no se verá realmente obligado a “crecer”, toda vez que las instituciones que ocupan el lugar de la familia funcionan como Ersatz de la familia, proporcionando un entorno propicio a los empeños narcisistas…

Con objeto de comprender el alcance de esta mutación, puede ser útil rescatar el triángulo elaborado por Hegel: familia, sociedad civil (la interacción libre de individuos ejerciendo su libertad reflexiva) y Estado. La construcción hegeliana distingue entre la esfera privada de la familia y la esfera pública de la sociedad civil, una distinción que va desapareciendo, en tanto que la vida familiar se politiza (se transforma en ámbito público) y la vida pública profesional se “familiariza” (las personas participan en ella como miembros de una gran familia y no como individuos “maduros” y responsables). No se trata aquí, por tanto, como insisten en señalar la mayoría de las feministas, de un problema de autoridad patriarcal y de emancipación; el problema radica, más bien, en las nuevas formas de dependencia que siguen a la decadencia de la autoridad patriarcal simbólica. En los años treinta, Max Horkheirner, al analizar la autoridad y la familia, ya advirtió las ambiguas consecuencias de la progresiva desintegración de la autoridad paterna en la sociedad capitalista: la familia nuclear moderna no era sólo la célula elemental de lo social y el caldo de cultivo de las personalidades autoritarias, sino que era, simultáneamente, la estructura en la que se generaba el sujeto crítico “autónomo”, capaz de contrastar el orden social dominante con sus convicciones éticas, de modo que el resultado inmediato de la desintegración de la autoridad paterna también traía consigo la emergencia de eso que los sociólogos llaman la personalidad conformista, “guiada por otro”. Hoy en día, con el desplazamiento hacia la personalidad narcisista, ese proceso se acentúa aún más y se adentra en una nueva fase.

Una vez socavado definitivamente el sistema patriarcal y ante un sujeto liberado de todas las ataduras tradicionales, dispensado de toda Prohibición simbólica interiorizada, decidido a vivir sus propias experiencias y a perseguir su proyecto de vida personal, etc., la pregunta fundamental es la que se refiere a los “apegos apasionados”, inconfesados, que alimentan la nueva libertad reflexiva del sujeto liberado de las ataduras de la Naturaleza y/o de la Tradición: la desintegración de la autoridad simbólica pública (‘patriarcal”) se ve contrarrestada por un “apego apasionado” al sometimiento, un vínculo aún más inconfesado, como parece indicar, entre otros fenómenos, la multiplicación de parejas lesbianas sadomasoquistas, donde la relación entre las dos mujeres obedece a la estricta, y muy codificada, configuración Amo-Esclavo: la que manda es la “superior”, la que obedece, la “inferior”, la cual, para ganarse la estima de la “superior”, debe completar un difícil proceso de aprendizaje. Si es un error interpretar esta dualidad “superior/inferior” como prueba de una “identificación con el agresor (varón)” directo, no menos erróneo es comprenderla como una imitación paródica de las relaciones patriarcales de dominación: se trata, más bien, de la auténtica paradoja de la forma de coexistencia libremente consentida Amo-Esclavo, que proporciona una profunda satisfacción libidinal en la medida en que, precisamente, libera a los sujetos de la presión de una libertad excesiva y de la ausencia de una identidad determinada. La situación clásica queda así invertida: en lugar de la irónica subversión carnavalesca de la relación Amo-Esclavo, estamos ante unas relaciones sociales entabladas entre individuos libres e iguales, donde el “apego apasionado” a determinada forma extrema, y estrictamente organizada, de dominación y sumisión se convierte en el origen inconfesado de una satisfacción libidinal, en obsceno suplemento a una esfera pública hecha de libertad e igualdad. La rígidamente codificada relación Amo-Esclavo se presenta, en definitiva, como la manifestación de una “intrínseca transgresión” por parte de unos sujetos que viven en una sociedad donde la totalidad de las formas de vida se plantean como un asunto de libre elección de estilos de vida.”

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